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D.E.P. Giovanni Sartori

Sartori

Me entristece la muerte de Sartori por diversas razones.

En principio porque para los politólogos y profesionales de las Ciencias Sociales, era el referente principal de la ciencia política contemporánea, un gran pensador, catedrático y sociólogo distinguido.
Pero lo que más me pesa en lo personal, es que se van poco a poco figuras que podríamos llegar a considerar “irremplazables”, y a la vez, hay menos o pocas “nuevas promesas” que los releven, pupilos que aspiren a superar al maestro. Gente de ciencia, de academia, de causa social. Sartori deja una interesante reflexión para las Ciencias Sociales: urge que formemos más pensadores, más críticos, más defensores de la democracia. El panorama no es alentador, y este es uno de los más grandes retos.

D.E.P., el pensador, autor, politólogo, sociólogo, teórico, defensor, periodista: Giovanni Sartori.

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Involúcrate ciudadano

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Ya lo dijo Sartori, construir la maquinaria de la democracia nos ha llevado casi dos mil años y nuestro deber como ciudadanos es no perderla.

La democracia no necesita grandes cambios estructurales, en sus tantos años de consolidación es un sistema que carece de debilidades importantes. El problema real de la democracia radica en quiénes la integran.

La participación ciudadana es sin duda el “engrane” más importante para que la maquinaria democrática funcione correctamente. Cuando las personas se involucran en los procesos democráticos, se abre el diálogo y el debate, y es en estos espacios de interacción de ideas y opiniones donde las decisiones políticas se legitiman o no. Es decir, una acción de gobierno es legítima una vez que ha pasado por el debate social y a través del juicio crítico de los ciudadanos es comprendida y aceptada.

Por lo tanto, si la ciudadanía está desinformada, es apática o se desentiende de los procesos políticos de su entorno, no podremos por ningún motivo tener gobiernos legítimos o procesos democráticos funcionales. Si acaso, tendríamos ciudadanos indiferentes de la política, lo que da espacio a los abusos del poder y a la corrupción. Si tú no haces política otros la harán por ti.

En este sentido, debemos tomar en cuenta un aspecto muy importante de la participación ciudadana que es contar con información actualizada y veraz. No tiene sentido salir a las calles a protestar u opinar en foros de internet o en las redes sociales, si nuestros fundamentos son escuetos, falsos y únicamente servirán para propagar desinformación o confusión en la sociedad. Es por esto, que la participación ciudadana trae consigo la responsabilidad de informarse a consciencia, de fuentes confiables, y no solo eso, sino que con la información recabada logremos ser capaces de formar nuestro propio juicio crítico.

Un ciudadano con juicio crítico propio no es manipulable ni por los medios ni por los políticos. Es en todos los sentidos más libre que un ciudadano que no conoce su contexto. De aquí surge la importancia de involucrarnos, de formar parte de una cultura política y de armar nuestros propios criterios.

En este punto el resto de los actores de la democracia tienen también la gran responsabilidad de hacer un llamado a que la ciudadanía se informe, sea crítica y participe. Los periodistas, intelectuales, líderes de opinión y los propios políticos tienen ética y profesionalmente este compromiso.

Es por lo anterior, que Sartori deja en las manos de las nuevas generaciones el futuro de la democracia. La democracia depende de una ciudadanía comprometida, bien informada y con opiniones propias. De lo contrario, si los maquinistas fallan, la máquina también va a fallar.

Gladys Fabiola Pérez Martínez
Guadalajara, Jal.
gperezm@live.com.mx
Twitter: @glaperezm
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¿Megalomanía en México?

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Pedro Arturo Aguirre en su libro “Historia mundial de la megalomanía”, refiere algunas características de la personalidad de los líderes megalómanos desde un plano psicológico, analizadas particularmente por Erich Fromm: “narcisismo, necrofilia (contrario a la biofilia, según Fromm), egolatría, trastorno bipolar, verborragia, “mandato distorsionado del placer” (Lacan), delirio de grandeza, mesianismo, egoísmo, histrionismo, anhelo de inmortalidad, indiferencia ante el sufrimiento de sus semejantes y un instinto infalible para adaptarse a los nuevos tiempos, incluyendo las últimas tecnologías (Mussolini se valió del cine, Hugo Chávez usaba twitter a diario…)”.

Posteriormente, el autor puntualiza la existencia de un común denominador que comparten los políticos megalómanos, que es un storytelling fundado en un andamiaje moral con un relato personal que agrada y conmueve a sus seguidores: La imagen del padre protector con sus hijos. 

En sí, la imagen del “padre protector” puede llegar a ser muy positiva. Por ejemplo, Simon Sinek utiliza esta alegoría para referirse a los líderes empresariales que deberían generar un círculo de confianza tal con sus trabajadores, que al tratarlos como a sus propios hijos y no como empleados les generaría resultados económicos y humanos mucho más rentables para su empresa. Pero esto está pensado en un plano en donde los jefes asumen su responsabilidad y donde existe confianza entre los empleados y los altos mandos. Es un contexto donde además el trabajo es remunerado y a fin de cuentas ciertos requisitos deben ser cumplidos para formar parte de este “círculo de confianza empresarial”.

Sin embargo, en política, la confianza se gana de un modo distinto y siempre con el objetivo de posicionarse en el poder. Cuando existe una relación político-ciudadano, la manera mas eficaz de obtener la confianza de las personas es haciéndoles creer que el político comparte sus mismos intereses y que los enemigos del pueblo (la corrupción, la impunidad, el partido hegemónico, la pobreza, etc.) son sus propios enemigos también. Es decir, la ciudadanía entra en un círculo de confianza política cuando un líder carismático, con credibilidad y una “noble causa” logra convencerlos de que es la mejor opción.

El problema con el círculo de confianza política radica en su fin. La finalidad de cualquier candidato es en principio ganar elecciones, para luego asegurar su permanencia en el poder. Y para esto sabemos que los políticos son capaces de mentir, actuar y seducir a quien se les cruce en el camino.

De lo anterior, podemos distinguir que en México tenemos políticos “omnipotentes”, que en redes sociales y medios de comunicación promueven una imagen de liderazgo político activo y responsable, en donde asumen siempre como “suyos” los logros de su administración, para luego desentenderse o responsabilizar a otros de los fracasos y corruptelas. Estos políticos están dispuestos a lanzar al fuego a su propia gente con tal de que su imagen permanezca intacta.

También tenemos políticos mesiánicos, que han llegado al poder para “acabar con la corrupción, con los antiguos manejos, con los enemigos del pueblo”. Tenemos un auto proclamado “Presidente Legítimo”, tenemos a los que han hecho campañas sin dinero público y a los austeros que gastan un dineral en promocionar su “austeridad”. Todos ellos en algún momento se adaptaron a las expectativas de la ciudadanía y prometieron cumplirlas.

Es por esto que es muy importante que el ciudadano no otorgue un voto de confianza ciega. Debemos siempre fungir como vigilantes de la autoridad. Porque bien dicen: “Si quieres conocer la esencia de una persona, dale poder”, surgen sorpresas.

Tengamos presente que nuestro hartazgo político no justifica el voto irresponsable o el abstencionismo electoral. Es responsabilidad de todos hacer que los mejores lleguen al poder, los más genuinos, los que generen mejores resultados. Y si es necesario hagámoslo utilizando el voto de castigo. Si no somos nosotros los ciudadanos quienes finalmente, en un sistema democrático evaluamos a conciencia los resultados de los gobernantes, estamos condenados a seguir eligiendo representantes que nos “hablan bonito” y nos convencen de entrar en la simulación de este círculo de confianza política. Ya lo dijo Sartori, la “maquinaria” de la democracia es muy buena, el problema en muchas ocasiones radica en los “maquinistas”, los ciudadanos.

Gladys Fabiola Pérez Martínez
Guadalajara, Jal.
Twitter: @glaperezm
e-mail: gperezm@live.com.mx

¿Qué pasa con la lectura?

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La lectura es sin duda recreativa, instruye. Cuando leemos nos sumergimos en un ejercicio de crítica constructiva, en dónde analizamos lo que un autor nos expone frente a lo que conocemos por experiencia, para luego emitir nuestros propios juicios de valor.

Recientemente he leído un Best Seller de Facundo Manes: “Usar el cerebro: conocer nuestra mente para vivir mejor”. En dicho libro, este reconocido neurocientífico argentino dice que cada vez los niños de las nuevas generaciones van perdiendo el hábito de la lectura, pues la mayor parte de nuestro contexto actual es totalmente visual. Y en esta cultura se busca cada vez más que las personas comprendan conceptos o ideas a través de la imagen, de lo audiovisual.

Y la realidad es que vivimos en una era “teledirigida” como la denomina Sartori, donde se desenvuelve el homo videns, producto de esta sociedad de imágenes, donde la escritura carece cada vez más de importancia. Y el problema es que los cerebros de los niños se han ido adaptando a esta metodología de aprendizaje, razón por la que la lectura los “aburre” o simplemente no les interesa.

Hoy en día nos parece (a muchos) muy sencillo y práctico reducir al máximo las palabras al momento de escribir de acuerdo a nuestro gusto personal, sobre todo cuando lo hacemos vía móvil: “¿por qué?= ¿xq?”, “no te creas= ntc”, “te quiero mucho= tqm”, etc. Lo que nos ha llevado a olvidar reglas fundamentales de la ortografía como la diferenciación entre “a ver” y “haber” o entre “hay”, “ay” y “ahí”.

Este fenómeno me parece alarmante en el sentido de que si continuamos adaptando nuestros propios cerebros a retener y aprender conceptos mediante elementos visuales y televisados exclusivamente, entonces poco podremos hacer para las generaciones venideras, y la dinámica de aprender, razonar y comparar aprendizajes que trae por si mismo el hábito de la lectura se iría perdiendo en contraste al auge de la cultura del homo videns. No pretendo ser determinista, ni afirmar que esta cultura está mermando el juicio crítico de todas las personas o de los niños, porque como todo en la vida existen matices. Sin embargo, me parece importante hacer conciencia sobre los valores que se están perdiendo y probablemente no deberían de perderse, pues éste es un hábito que nos hace crecer a todos como sociedad. Nos brinda herramientas de aprendizaje, de valor, de evolución.

Una buena manera de empezar a contrarrestar lo que menciono, podría ser leer un buen libro, compartirlo y hablar de su contenido con familiares o amigos de confianza, interesarlos en el tema. Que no todo en nuestras conversaciones se remonte a lo que vimos en la televisión o a lo que vivimos el otro día, también puede ser sobre lo que leímos y aprendimos de algún autor o de una novela. Después de todo, ¿No estamos aquí para disfrutar y aprender de nuestras experiencias?, sería bueno comenzar a compartir más contenidos de valor en nuestras vidas cotidianas.

Gladys Fabiola Pérez Martínez.
Guadalajara, Jal.
Twitter: @glaperezm